viernes, 27 de enero de 2017

Calmarse

Querer tirar la vida por la borda
 y quedarse dormido todo el día;
planear los detalles de la huida
y anegarse en el llanto que desborda.

Moverse ciego en la locura sorda
 y sucumbir en la verdad vacía;
dar la razón a la razón tardía
y huir de nuevo a su insaciable horda.

Arrastrar un presente sin futuro,
volar en un futuro sin presente,
y del pasado estéril olvidarse.

Saciarse en un amor tardo y maduro,
aprender y olvidar constantemente,
la pérdida aceptar, y al fin calmarse.

Quevedo: notas sobre su obra y estilo


Transcripción del programa “Clásicos por dentro” de Acrópolis Radio, emitido el 27/01/2017.

Comenzamos el programa de hoy “Clásicos por dentro”, cuya intención es tratar de acercar los clásicos a todo tipo de público desde el punto de vista actual. Si se me permite añadir la finalidad de este acercamiento, se pretende alcanzar dos objetivos, siempre presentes en literatura: 1) aumentar nuestro conocimiento mediante el ejercicio de la comprensión lectora, porque comprendiendo el lenguaje comprendemos el mundo y 2) aprender a escribir, quienes lo deseen, porque adquiriendo las técnicas de poetas o escritores clásicos podemos emularlos añadiendo nuestro toque personal, la innovación que va a hacer evolucionar la literatura.
Nuestro referente de hoy, la figura de quien vamos a aprender es Francisco de Quevedo, que Martín París presentó la semana pasada con pocas y certeras palabras: “Irónico, mordaz, extremo y tan pesimista como la época en que vivió”. Así es. Y es mundialmente famoso, al menos en el mundo hispánico, sobre todo por toda su obra burlesca y de escarnio. Pero, entonces, ¿por qué es tan importante? ¿Por qué se le equipara a Lope o Góngora con esa obra “tan poco seria”?
En primer lugar hay que decir que Quevedo no sólo tuvo relevancia por su obra literaria, sino por su propia figura. Vamos a mostrar unas notas sobre su biografía, pues ya en vida fue bastante conocido. Era hijo de un secretario al servicio de la reina, se formó en el Colegio Imperial de los jesuitas y en la Universidad de Alcalá, es decir, la mejor formación académica de entonces. Su ingenio compensó con creces su defecto visual y su cojera. Tuvo una activísima implicación política al servicio del virrey de Nápoles, Pedro Téllez Girón, Duque de Osuna, de quien era gran amigo. A su caída, conseguida por sus enemigos de la Corte, Quevedo fue desterrado y posteriormente encarcelado. Más tarde volvió a implicarse en misiones diplomáticas al servicio del Conde Duque de Olivares, se enfrascó en un matrimonio poco exitoso también por presiones políticas, y de nuevo dio con sus huesos en la cárcel, por razones no aclaradas. Dos años después de salir, en 1645, muere.
La mayor parte de su obra no la publicó ni bajo su supervisión ni en vida, sino que circulaba en copias manuscritas o seleccionadas por editores. El más conocido y fiable (en cuanto a no alterar los originales) es González de Salas.
Vamos a su obra. Lo primero que vamos a ver es que se trata de un lenguaje bastante complicado para nosotros: no solamente por ser español del siglo XVII, sino porque utilizaba registros lingüísticos concretos según el tipo, el género de la obra que estuviera haciendo, en su máxima expresión. Es decir, si quería escribir en lenguaje culto, lo hacía en lenguaje muy culto. Si quería escribir como hablaban las clases bajas, manejaba la más barriobajera lengua de germanía o argot de la delincuencia. Pero a pesar de este lenguaje ceñido a lo temporal hay algo intemporal: sus preocupaciones y actitudes son universales. Ninguno de sus temas ha sido superado, ni por el individuo ni por la sociedad, a lo largo de los siglos.
Hay dos Quevedos, antagónicos pero complementarios. El más famoso, el de discurso satírico, de tono burlesco, soez, escatológico, mordazmente crítico con la sociedad y hasta con el ser humano, y el otro de raigambre ética, de corriente cristiana y neoestoica, de tono reflexivo y apesadumbrado, desolado por la decadencia de todo, desengañado de toda ilusión y esperanza. Esta complementariedad de estilos tan dispares es lo que le hace grande, y precisamente lo que le legitima tanto como autor satírico como moral. Un tercer estilo es el Quevedo amoroso, que continúa la tradición petrarquista del Renacimiento. En este caso, teniendo en cuenta la paradoja de que era misógino, estos poemas magníficos son más bien una demostración de su control de la técnica de composición en discurso petrarquista.
Vamos a mostrar algunos de sus poemas más famosos, recitados por profesionales. He aquí “Miré los muros de la patria mía”, recitado por Martín París.

Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
Es el Quevedo moralizante, de intensa preocupación por la llegada de la muerte. Hay que decir un hecho curioso: fue escrito en 1613, cuando sólo tenía 33 años. Se ha demostrado que muchos poetas que escriben sobre la muerte lo hacen cuando todavía son jóvenes, y no después. Como breve comentario, hay que decir que, si algunos hablan de que esos muros son los de Madrid, que se derribaron para agrandar la ciudad, a lo que se refiere realmente es a su propio cuerpo, es una metáfora. Igual que ese “mi báculo” o “mi espada” (atención a los posesivos) son sinécdoques, una identificación de la parte por el todo.
El siguiente poema, “No me aflige morir”, lo recitará José Manuel Gutiérrez, donde confluyen los temas de amor y muerte.

No me aflige morir, no he rehusado 
acabar de vivir, ni he pretendido 
alargar esta muerte, que ha nacido 
a un tiempo con la vida y el cuidado.
Siento haber de dejar deshabitado 
cuerpo que amante espíritu ha ceñido, 
desierto un corazón siempre encendido 
donde todo el amor reinó hospedado.
Señas me da mi ardor de fuego eterno, 
y de tan larga congojosa historia 
sólo será escritor mi llanto tierno.
Lisi, estame diciendo la memoria, 
que pues tu gloria la padezco infierno, 
que llame al padecer tormentos gloria.
De nuevo es un poema de consciencia de la muerte, de preparación por su advenimiento, pero ese cuerpo que se va no sólo encerraba su alma, sino lo que ella irradia siendo él, amor, fuego eterno. Al ser dirigido a esa “Lisi” este poema también respira de esa tradición amorosa del Renacimiento.
Por fin llegamos a su poema más famoso, muestra ineludible del conceptismo barroco. Este poema ha sido catalogado por algunos críticos como el soneto jamás mejor escrito en lengua española.

Cerrar podrá mis ojos la postrera 
sombra, que me llevaré el blanco día; 
y podrá desatar esta alma mía 
hora a su afán ansioso lisonjera;
mas no de esotra parte en la ribera 
dejará la memoria en donde ardía; 
nadar sabe mi llama la agua fría, 
y perder el respeto a ley severa:
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido, 
venas que humor a tanto fuego han dado, 
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado; 
serán ceniza, mas tendrán sentido. 
Polvo serán, mas polvo enamorado.
Nótese el complejo artificio del lenguaje que tanto nos dificulta la lectura y la comprensión. Este es un poema donde destacan los recursos del hipérbaton y del encabalgamiento. El hipérbaton es la alteración del orden de la frase para destacar una idea o palabra: de ahí “cerrar podrá”. La postrera sombra, la muerte, podrá cerrar mis ojos, y llevarme, “pero” (ese “mas” del segundo cuarteto) esa alma suya supera el olvido de la laguna Estigia, o el río Leteo, que es a lo que se refiere con la “ribera” y “el agua fría”, porque (llegamos a los tercetos) su alma y su sangre (alma, venas, medulas, en ese bello paralelismo) que tanto han amado, aunque dejen el cuerpo, seguirán amando “más allá de la muerte”.
Para finalizar, uno de sus más conocidos poemas satíricos, donde la crítica social no deja de ser de lo más actual, si bien ya venía de antes: “Poderoso caballero es don Dinero”. Si Quevedo se nutrió de los poemas satíricos del poeta romano, también español, Marcial, también tuvo que haber oído al Arcipreste de Hita. Cito sólo una estrofa del Arcipreste:

Mucho faz' el dinero, mucho es de amar,
al torpe faze bueno e ome de prestar,
faze correr al coxo e al mudo fablar,
el que non tiene manos, dyneros quier' tomar.

Recitamos a continuación el de Quevedo, para que noten la similitud y se rían, también, amargamente.
Madre, yo al oro me humillo, el es mi amante y mi amado, pues de puro enamorado anda continuo amarillo. Que pues doblón o sencillo hace todo cuanto quiero, poderoso caballero es don Dinero.

Nace en las Indias honrado,
donde el mundo le acompaña;
viene a morir en España,
y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
es hermoso, aunque sea fiero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Son sus padres principales,
y es de nobles descendiente,
porque en las venas de Oriente
todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
al rico y al pordiosero,
poderoso caballero
es don Dinero.

¿A quién no le maravilla
ver en su gloria, sin tasa,
que es lo más ruin de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Mas pues que su fuerza humilla
al cobarde y al guerrero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Es tanta su majestad,
aunque son sus duelos hartos,
que aun con estar hecho cuartos
no pierde su calidad.
Pero pues da autoridad
al gañán y al jornalero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Más valen en cualquier tierra
(¡mirad si es harto sagaz!)
sus escudos en la paz
que rodelas en la guerra.
Pues al natural destierra
y hace propio al forastero,
poderoso caballero
es don Dinero.

Genial poema satírico, intemporal, de Francisco de Quevedo, que se ha convertido en un clásico. Los clásicos, como decía Italo Calvino, son las obras que nunca pasan de moda. En cuanto al breve análisis, véase que utiliza el verso corto, octasílabos, más dinámico y ligero, formando estas estrofas de 8 versos con el pie quebrado de 6 sílabas, “es don Dinero”, recordando un poco al estilo de las coplas. Hay recursos de personificación, al atribuir una personalidad al dinero, hay hipérboles (exageraciones, aunque en realidad no exagera nada), hipérbatos (desorden intencionado de la frase), antítesis (contrastes: cobarde/guerrero, rico/pordiosero, etc.). Me gustaría destacar lo que dice en la última estrofa, que sucede hoy en día con la globalización: “pues al natural destierra y hace propio al forastero”. Esto sigue siendo actualísimo sobre todo en las empresas, cuando una de un país es comprada por otra extranjera o una multinacional, y toda la cultura cambia ordenada de arriba a abajo. El forastero se establece en nuestro suelo, nos coloniza, mediante el poder del dinero, que arrasa la cultura. También relacionado está que “da autoridad al gañán y al jornalero”, es decir, cómo el gañán se enriquece especulando, comprando y vendiendo, o simplemente porque ha tenido esa suerte, lo que no quita para que siga siendo un gañán, ahora con el peligro de la autoridad.

En conclusión, no hay mejor modo de escribir que tratando temas universales y atemporales, y tratando diversos estilos y géneros. Lorca no sería quien fue de no ser a la vez poeta y dramaturgo. Y así, Quevedo no sería quien fue de no haber sido satírico y moral. Hay mucho más que decir, pero no podemos extendernos más. Un saludo y mis agradecimientos a los organizadores de este programa, a Alejandro Arias por la música en mis intervenciones, y sobre todo a los oyentes, a un lado y al otro del Atlántico.